
Por Eugenio Figueroa¹
A primeras, la coca no es una planta particularmente impresionante. No tiene la grandiosidad de una araucaria, ni la solemnidad del roble; no se levanta como una promesa vertical en medio del paisaje. Es, más bien, un arbusto humilde, discreto, casi silencioso. Sus hojas son verdes respiros antiguos. Y sin embargo, durante milenios, esas hojas han sostenido civilizaciones enteras. Han acompañado el trabajo, la enfermedad, el hambre, el duelo, la celebración, el viaje y la fe. Han sido medicina, alimento, símbolo, moneda, oráculo, vínculo espiritual y puente con la tierra. Hoy, esa misma planta es tratada como un enemigo global.
La historia de la hoja de coca es también la historia de una injusticia que se perpetua desde hace más de seis décadas. Es la historia de una guerra declarada contra una planta, contra una cultura y contra una forma de entender el mundo. En el contexto de la llamada «guerra contra las drogas», la coca ha sido arrancada de su territorio simbólico-relacional y convertida en un objeto de crimen. Pero esta transformación no fue casual: fue una decisión política, ideológica y profundamente marcada por prejuicios coloniales.
I. Una planta sagrada: la coca en la cultura andina y amazónica
Mucho antes de que existiera el concepto de estupefaciente, mucho antes de que se inventaran las convenciones internacionales y los comités de expertos, la coca ya estaba presente en la vida cotidiana de los pueblos andinos y amazónicos. No era un objeto marginal ni un hábito menor: estaba profundamente incorporado en la cultura.
En los Andes, la coca era (y es) una forma de conversación. Se ofrecía antes de hablar, antes de negociar, antes de pedir ayuda. Era un gesto de respeto. Era una forma de reconocer al otro. La hoja no se entendía como un mero estímulo químico, sino como una relación simbólica. La coca estaba presente en los rituales agrícolas, en los nacimientos, en los funerales, en los momentos de enfermedad y en los viajes largos por la cordillera.
En el Amazonas la hoja toma forma de mambe, una preparación de harina de coca con ceniza, que los habitantes de la selva ponen en su boca para acceder a la “palabra dulce”, con la que trenzan largas conversaciones en torno a los asuntos comunitarios.
Durante miles de años, la coca fue parte de una economía compleja basada en el equilibrio vertical de los territorios andino-amazónicos. Las comunidades de altura intercambiaban productos con las comunidades de tierras bajas, y en ese sistema de trueque la coca cumplía un rol central. Era, al mismo tiempo, alimento energético, medicina y moneda vegetal. Con ella, familias enteras acompañaban las condiciones extremas. Con ella, el trabajo en la altura no se convertía en hostil físico permanente.
La relación entre la coca y los pueblos andino-amazónicos no puede reducirse a un efecto farmacológico. La coca forma parte de una cosmología. Representa la continuidad entre el cuerpo humano y la tierra. Es una planta que no se impone: acompaña. No estimula violentamente: sostiene. No aliena: conecta. En muchas comunidades, la coca es considerada un ser vivo con voluntad propia, dotada de agencia e inteligencia, una mediadora entre los humanos y el mundo espiritual. Por eso fue reverenciada, por eso fue protegida, y por eso sobrevivió incluso a la violencia de la conquista.
Cuando los conquistadores llegaron a América, observaron que la coca no podía ser eliminada fácilmente. Intentaron prohibirla porque la asociaban a prácticas religiosas indígenas. La consideraban una superstición. La consideraban peligrosa porque fortalecía la identidad cultural de los pueblos a someter. Sin embargo, la propia economía colonial terminó dependiendo de ella: los trabajadores indígenas en las minas y en los campos no podían sobrevivir sin coca. Así, la planta fue tolerada (y permitida por la corona en oposición directa a la iglesia) por conveniencia económica pero despreciada por prejuicio cultural. Esa contradicción se mantuvo durante siglos.
Lo que hoy se llama «consumo tradicional» no es un hábito primitivo ni tampoco un residuo cultural: es una tecnología refinada durante milenios. La coca permitió sostener sistemas agrícolas complejos, rutas comerciales extensas y formas de organización comunitaria profundamente solidarias. Es una planta que permitió sobrevivir en uno de los territorios más difíciles del planeta. Por eso su importancia no puede medirse en términos únicamente químicos: debe medirse también en términos culturales, históricos y humanos.
II. El error histórico: cómo la hoja de coca fue incluida en la Lista I
La inclusión de la hoja de coca en la Lista I de estupefacientes no fue el resultado de una investigación científica rigurosa. Fue, en gran medida, el resultado de prejuicios raciales, de ignorancia cultural y de una visión profundamente colonial del mundo.
En la década de 1950, el Comité de Expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) tomó una decisión que marcaría el destino de millones de personas. Se afirmó que el consumo tradicional de coca era perjudicial para la salud, que provocaba degeneración moral y que era una de las causas del atraso de los pueblos indígenas. Estas afirmaciones no estaban basadas en estudios serios ni en investigaciones profundas. Estaban basadas en observaciones superficiales, en estereotipos raciales y en una incomprensión total del contexto cultural en el que la coca era utilizada.
“El indio que no mastica hoja de coca es lúcido, inteligente y alegre, dispuesto al trabajo, vigoroso y resistente a las enfermedades; el coquero, por el contrario, es abúlico, apático, perezoso, insensible a su entorno, su mente está ofuscada; sus reacciones emocionales son raras y violentas, está moral e intelectualmente ‘anestesiado’, socialmente sometido, casi un esclavo. […] La degeneración moral acompaña a la física; la mentira es una de las características sobresalientes, probablemente debida a la falta de equilibrio moral. La criminalidad es elevada, y las formas bárbaras de homicidio sólo pueden explicarse por una cierta insensibilidad moral. No cabe duda de que el hábito de masticar hojas de coca es una de las razones más poderosas del atraso y la miseria de la población india”.
Estas reflexiones son de Osvaldo Wolff, quien en 1952 y 1954, fue secretario del Comité de Expertos de la OMS. Así, algunos de los documentos que sustentaron la decisión de prohibir la planta contienen afirmaciones que hoy resultan abiertamente racistas. Se describía a los consumidores de coca como personas apáticas, moralmente degeneradas, incapaces de desarrollarse intelectualmente. Se asociaba el consumo tradicional con la pobreza, como si la pobreza fuera una consecuencia de la coca y no del sistema colonial que había destruido las economías indígenas.
Este mismo falaz argumento circular se repite a lo largo de la historia: (1) cierta gente es despreciable porque consume tal droga; (2) cierta gente consume tal droga porque es despreciable (Antonio Escohotado, 1998). Las razones de esta asociación binomial gente-droga no eran simples retóricas inocentes, sino narrativas personalizadas articuladas por grupos de poder para marginalizar al “otro”.
Lo más grave es que la decisión se tomó sin escuchar a las comunidades que utilizaban la planta. No se consultó a los pueblos andino-amazónicos. No se estudió la historia cultural de la planta. No se investigaron sus usos medicinales tradicionales. Bastaba caminar una tarde por el Cusco para entender que la afirmación de Wolff es absolutamente falsa. Bastaba leer un poco de los textos de Unanue, Monge, Cabieses o Mortimer para al menos dudar de la veracidad de lo decretado por la OMS. Bastaba quizás con llevar algunas hojas de coca a la boca para entender que la prohibición de la planta no es sino una cruel estrategia para un etnocidio sofisticado.
En lugar de eso, se aplicó un modelo europeo de comprensión de las drogas a una realidad completamente distinta. Fue una forma de violencia epistemológica: se ignoró el conocimiento tradicional y se impuso una interpretación externa. Se hizo vista gorda a todo un contexto cultural en que la planta no era problemática (sino todo lo contrario, un regalo divino), y se impuso una visión pseudocientífica que esgrimía argumentos de salud pública para las naciones cocainómanas del norte.
La Convención Única de Estupefacientes celebrada el año 1961 consolidó este error. Allí, la OMS incluyó a la planta en la lista de sustancias más peligrosas a prohibir junto con la heroína y la cocaína, unificándolas como si todas fueran lo mismo: estupefacientes. Se ignoró una diferencia fundamental: la coca es una planta; la cocaína es un derivado. Si bien la hoja contiene cocaína en baja concentración, obtener el clorhidrato de cocaína (lo que se conoce vulgarmente como cocaína) requiere un proceso de extracción. Confundir la planta con el polvo blanco fue un acto de simplificación brutal. Sin embargo, esa confusión se convirtió en la base de la política internacional de drogas hasta el día de hoy.
La inclusión de la planta en la Lista I no fue un accidente. Fue el resultado de una mirada que no podía aceptar que un conocimiento indígena pudiera ser legítimo. Fue el resultado de una mentalidad que veía a los pueblos andinos como atrasados y que consideraba que su cultura debía ser corregida. Fue, en definitiva, una forma moderna de colonialismo.
III. La guerra contra las drogas en Sudamérica: una tragedia anunciada
Una vez que la coca fue declarada ilegal, la guerra contra las drogas encontró su enemigo perfecto. Era una planta concreta, cultivada en territorios “pobres”, asociada a pueblos históricamente marginados. Era fácil convertirla en símbolo del mal. Pero lo que vino después no fue una solución: fue una catástrofe.
La erradicación forzada de cultivos destruyó economías locales enteras. Familias que durante generaciones habían cultivado la planta para su consumo o para intercambio fueron criminalizadas de la noche a la mañana. El campesino se convirtió en cómplice. El agricultor, en enemigo. Y el territorio andino-amazónico se convirtió en un campo de batalla.
Las campañas de erradicación no eliminaron el narcotráfico. Lo que hicieron fue desplazarlo. Cada vez que se destruía un cultivo, aparecía otro en otro lugar. Cada vez que se militarizaba una región, el tráfico se desplazaba a otra. Esto se conoce como el efecto globo: aprietas aquí, y se infla por allá. Esta dinámica generó un ciclo interminable de violencia. La guerra contra las drogas no terminó con el negocio: lo fortaleció. Lo volvió más rentable, más clandestino, más violento. Generó monopolios de riquezas astronómicas, en lugares remotos, lejos del escrutinio y la gobernanza.
Las consecuencias humanas han sido devastadoras. Comunidades enteras han sido desplazadas. Miles de personas han sido asesinadas. Se han destruido ecosistemas completos mediante fumigaciones químicas y la entrada de agricultura intensiva en zonas ecológicamente sensibles. Se ha militarizado la vida cotidiana de regiones enteras. Y todo esto en nombre de una política que nunca logró reducir ni la demanda ni la oferta global de drogas.
La guerra contra las drogas también ha destruido las redes tradicionales de intercambio que sostenían la economía andina. La coca dejó de circular como moneda vegetal y pasó a circular como mercancía ilegal. Esto provocó un cambio profundo en la vida de las comunidades. El trueque fue reemplazado por la economía clandestina. La solidaridad fue reemplazada por el miedo. La planta sagrada fue transformada en un objeto de crimen.
Esta transformación no fue sólo económica: fue cultural. La guerra contra las drogas no sólo destruyó cultivos; destruyó significados. Intentó borrar una relación milenaria entre una planta y un pueblo. Intentó convertir una tradición en un delito. Y en muchos casos, lo logró.
IV. La revisión crítica de la hoja de coca: una oportunidad perdida
Durante las últimas décadas, tanto investigadores independientes como académicos y centros de investigación han generado un vasto cuerpo de conocimiento sobre la hoja de coca y sus evidentes beneficios. Diversas organizaciones han reconstruido paso a paso esta injusticia histórica al detalle.
Estas investigaciones han demostrado que muchas de las afirmaciones que justifican la prohibición de la coca son falsas. Han demostrado que el consumo tradicional no provoca los daños que se afirmaban en los años cincuenta. Han demostrado que la coca tiene propiedades nutricionales y medicinales relevantes. Han demostrado, sobre todo, que la planta no puede ser comprendida fuera de su contexto cultural, y que la permanencia de ella en la lista I no hace sentido.
Sin embargo, a pesar de esta evidencia, el sistema internacional ha mostrado una resistencia enorme a modificar su posición. La revisión crítica de la hoja de coca ha avanzado lentamente, bloqueada por intereses políticos, por inercias institucionales y por el miedo a reconocer un error histórico. Admitir que la coca no debió haber sido incluida en la Lista I implicaría reconocer que la guerra contra las drogas se construyó sobre una base equivocada.
En el año 2023, el gobierno de Bolivia impulsó la iniciativa de revisar la permanencia de la coca en la lista I. Tras el apoyo de Colombia, la OMS se vio forzada a realizar un examen crítico del estado de la planta en el sistema de listas.
El resultado de este proceso ha sido frustrante. A pesar de las investigaciones, a pesar de los informes y a pesar de las voces de las comunidades indígenas, la hoja de coca sigue siendo tratada como una sustancia peligrosa para la humanidad. La ciencia ha avanzado, pero la política no. El conocimiento crece, pero las leyes siguen siendo las mismas. Tras dos años de la revisión crítica, a fines del 2025, la OMS decidió mantener la coca en la lista 1.
Esta situación revela una verdad incómoda: la guerra contra las drogas no es una política basada en evidencia. Es una política basada en símbolos. Y la coca se convirtió en uno de esos símbolos.
V. El fracaso de la guerra contra las drogas
Después de más de medio siglo, la guerra contra las drogas ha demostrado ser un fracaso. El consumo global ha aumentado. La producción de plantas prohibidas y de sustancias ilícitas ha aumentado. El tráfico de dichas sustancias está en su máxima expresión. No ha protegido a las comunidades más vulnerables. Lo único que ha logrado es generar más violencia, más corrupción y más desigualdad. Todo esto a costas de cifras astronómicas del bolsillo público.
En Sudamérica, este fracaso es evidente. Los países productores soportan el costo humano de una política diseñada fuera de sus territorios. Las comunidades rurales han sido tratadas como responsables de un problema “global” (eso es, del norte global). Los pueblos indígenas han sido criminalizados por mantener tradiciones milenarias. El problema se ha llevado a la planta y quienes la cultivan, alejándolo de los países que gobiernan las narices de quienes inhalan la mayor parte del polvo blanco que se extrae del Amazonas. Los países cocainómanos por excelencia no están en el Sur.
Cuando se prohíbe una planta pero la demanda persiste, la producción no desaparece. Se ve obligada a desplazarse hacia afuera, adentrándose en la selva, lejos del escrutinio, de los servicios y de la gobernanza ambiental. En el contexto amazónico, el cultivo de coca se ha asociado con la deforestación, la contaminación del agua y del suelo por pesticidas y precursores químicos, el desplazamiento forzado y el conflicto territorial. El proceso de refinación de la cocaína utiliza sustancias como acetona, éter, queroseno y gasolina. Bajo el paradigma punitivo de la prohibición, estos químicos se manipulan en laboratorios clandestinos sin medidas de protección ambiental, sin sistemas de tratamiento y sin rendición de cuentas ante las comunidades afectadas. Estos laboratorios siempre se encuentran cerca de las plantaciones y siempre están cerca del agua (el agua es esencial en el proceso de extracción). El suelo y el agua del Amazonas han sido dañados de forma directa por la prohibición de la planta.
Así, la guerra contra las drogas ha funcionado como un sistema de control geopolítico. Ha permitido justificar la militarización de territorios, la intervención en países “soberanos” y la criminalización de poblaciones enteras. Bajo el discurso de la seguridad, se han implementado políticas injustas. Bajo el discurso de la salud pública, se ha minado cultura.
Lo más trágico es que esta guerra no sólo ha fracasado: ha producido exactamente lo contrario de su promesa germinal. Ha fortalecido a las organizaciones criminales. Ha aumentado la demanda y la oferta. Ha generado nuevas formas de violencia. Y ha destruido las alternativas tradicionales que existían antes de la prohibición.
VI. La prohibición de la coca como etnocidio sofisticado
Prohibir una planta no es sólo una decisión legal. Es una decisión cultural. Cuando se prohíbe la coca, no se prohíbe únicamente una sustancia: se prohíbe una relación con la naturaleza, una forma de conocimiento, una tradición milenaria. Al prohibir una planta, se sabotea directamente el grupo humano que la incorpora en su tejido cultural.
La papa recibió un estigma severo tras su introducción en Escocia. El café fue ilegal en Suecia. Penas estrictas (incluso muerte) fueron impuestas en Rusia por el consumo de tabaco. Como los alimentos, las plantas (o drogas como quieran llamarlas) son una parte importante de nuestra identidad.
Historiadores han mostrado como a través de la historia se han asociado constantemente grupos humanos a drogas: el alcohol se asociaba a los irlandeses (luego a los judíos e italianos), el opio era asociado a los chinos, la cocaína a los negros y la marihuana a los mejicanos.
Así, la prohibición de la coca puede entenderse como una forma de etnocidio sofisticado y varios ya lo han llamado así. No se destruye directamente a un pueblo; se destruyen los elementos que sostienen su identidad. Se criminaliza su medicina. Se ridiculiza su ritual. Se convierte su historia en un camino errado que llevó a la degeneración. Y poco a poco, esa cultura comienza a desaparecer.
La coca no es una amenaza para la humanidad. La amenaza es la incapacidad de comprenderla. Durante décadas, se ha intentado eliminar la planta en lugar de comprenderla. Se ha intentado imponer una visión única del mundo en lugar de aceptar la diversidad del ser humano. Y en ese proceso, se ha perdido algo esencial: la posibilidad de aprender de los pueblos que han convivido y cuidado la coca durante miles de años.
VII. Hacia una nueva mirada: recuperar la memoria de la coca
La historia de la hoja de coca no está terminada. A pesar de la persecución, a pesar de la criminalización, a pesar de la violencia, la coca sigue viva. Sigue creciendo en territorios donde crecía hace miles de años. Sigue siendo utilizada en rituales, en ceremonias, en prácticas medicinales. Sigue siendo un símbolo de resistencia cultural.
Hoy, cada vez más voces comienzan a cuestionar la guerra contra las drogas. Cada vez más investigadores reconocen el valor cultural de la coca. Cada vez más comunidades indígenas exigen el reconocimiento de su derecho a mantener sus tradiciones. Este cambio ha demostrado ser lento, pero es inevitable.
La coca no necesita ser defendida como una curiosidad exótica. Necesita ser reconocida como lo que siempre ha sido: una planta fundamental para la historia cultural de Sudamérica. Una planta que permitió sobrevivir en condiciones extremas. Una planta que acompañó el desarrollo de civilizaciones complejas. Una planta que fue convertida injustamente en un símbolo del mal.
VIII. Conclusión: la guerra contra una planta
Tal vez el mayor absurdo de la guerra contra las drogas es que terminó convirtiéndose en una guerra contra una planta. Una planta humilde, silenciosa. Una planta que no fue un problema hasta que alguien decidió que debía serlo.
La coca no es violencia. La coca no es corrupción. La coca no es crimen… La coca es memoria. Es historia. Es cultura. Es patrimonio. Pero sobre todo, la coca es resistencia.
Durante décadas, el mundo ha intentado erradicarla. Pero lo único que ha logrado es demostrar que no se puede destruir una tradición milenaria mediante decretos remotos. La coca sigue viva porque forma parte de la identidad de millones de personas. Sigue viva porque está unida a la tierra. Sigue viva porque no pertenece a la lógica del mercado ni a la lógica de la guerra.
Quizás ha llegado el momento de reconocer el error. De aceptar que la guerra contra las drogas no sólo fracasó, sino que produjo un daño profundo y duradero. Quizás ha llegado el momento de escuchar a las comunidades que han convivido con la coca durante miles de años. Quizás ha llegado el momento de dejar de perseguir una planta y empezar a abrirse a comprenderla.
Porque, en el fondo, la historia de la coca no es la historia de una guerra. Es la historia de una relación entre el ser humano y la naturaleza. Y esa relación íntima es un derecho que no puede ser prohibido.
¹ Eugenio Figueroa es investigador independiente del fenómeno de las drogas, director cofundador de Fundación Lobeliana y miembro activo de la Coalición de Reforma de Política de Drogas y Justicia Ambiental.
Contacto: efigueroa@fundacionlobeliana.org

Hermanos Genaro y Ricardo Ccahuana, agricultores tradicionales de coca. Mazapata, La Convención, Perú.

La planta de la coca con frutos. La Libertad, Perú

Almácigos de coca listos para ser plantados. Quillabamba, Perú.

Canchas de secado de coca, Mazapata, La Convención, Perú

Plantaciones de coca en la cuenta del río Vilcanota, La Convención, Perú